Sólo espero que la muerte me sorprenda
cuando violo el pacto
y acaricio este íntimo secreto..
Así mi alma pudiera alcanzar redención
Una sodomía delinque mi cuerpo
todas las noches a la sombra,
el abandono que corona y oprime.
Dime Dios ¿Quién acecha este espíritu?
El día devora mi nombre,
el ocaso derriba mi confianza.
¿Qué mañana vomitará esperanza?
Va mi lengua echando maldiciones
sin misericordia,
porque dentro de las venas, la sangre impía
atenta y se aloja en mi boca
este deseo maldito, asaetando.
¿Y mis pasos?
¿Qué será de mis pasos?
El mal se esconde entre los pies descalzos
que no reposan, se rebelan y sangran.
Dime por qué esta vigilia
por qué no sacia el perdón toda la carne.
Los ojos de mis enemigos
vienen a pastar en mi amargura,
se alegran sus bocas y babean en cánticos.
¿Acaso no los escuchas también?
Qué pesada carga, señor, sálvame...
Que mi semilla de fruto no cautivo,
Que mi andar se esparza sin desamparo
Que mi razón halle su templo... Allá en la altura.
Ahora a vosotros os llamo;
a todos por vuestro nombre:
Hombres, hermanos de los Hombres,
a Todos los sin nombre,
a Todos los que el corazón os grita,
en nombre
de los que no dicen su nombre,
porque se lo sellaron,
porque se lo silenciaron.
A Todos los que la tierra ya no reconoce,
a Todos, los que sólo gritan vuestras heridas
con sangre y sin sangre.
A Todos los que sólo os queda,
-ni el aire-
porque os lo dosifican.
A Vosotros los que hoy vagáis por los montes
en busca de vuestro vientre.
A Vosotros los que sólo tenéis
el primer llanto como bagaje,
a Vosotros, los hombres que
os avergonzáis de serlo,
porque habéis sentido que no lo sois,
porque la palabra ya no existe,
ni tiene posibilidad de sueño
porque el Otro, igual, ha muerto,
en nombre del espacio medido
de la frontera.
A Vosotros que extendéis la mano
con la herida,
a Vosotros los que nunca tuvisteis nombre
porque sólo teníais razón de Amor.
A Vosotros los hombres, sin nombre
que la tierra ocupada deshecha,
a Vosotros todos los olvidados
los que fuisteis Verbo,
solo en el Infinito Eterno
antes de Todo;
a Vosotros en los que el Todo se reconoce
porque es El Mismo.
¡Oídme!, yo también os pertenezco,
yo que ahora también
quiero silenciar mi nombre
porque me pesa demasiado tenerlo.
en medio del círculo vicioso de una lidia injusta?
¿Cómo sobrevivir cuando ya ganas no quedan,
cuando la esperanza es nula
y las verdades son falsas
y el camino se aletarga
en la infinita espera?
¿De dónde sacar paciencia
cuando todas las puertas se cierran?
¿Cómo resistir y seguir intentando
conseguir lo que tanto cuesta?
¿Cómo seguir luchando cuando armas
ya no quedan,
cuando el mundo poderoso
se mofa del perdedor
y la población de vencidos aumenta?
¿Cómo seguir luchando
cuando se seca el pozo de la paciencia?
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Levitan catedrales en tu voz donde posa el asombro a sus cigüeñas y los niños de todas las naciones dejan al fin de padecer el mundo. Ha debido colgarse de tus jarcias la lucidez del lirio y de los arces que rezan en la glotis, arbolados, como oran en salmuera las olivas. Hay un cántaro de tildes y asonancias que retozan de gozo en el columpio donde ponen sus nidos los acentos y un velaje de hinojo empuña el bosque soñado por la flor de sus umbelas.
Maniobras bajo el humo movedizo con la garganta abierta hacia los puentes un tántrico milagro de lactancia que prospera en los tímpanos de golpe. Si alguien pregunta, Rosa, qué perpetran en la noche tus hélices vocales no sé que contestaras. No lo sé. Fermentan las hipótesis que brincan en el pálpito a ras de los magnolios y toda conjetura es un litigio de salitre ladrándole a los pájaros.
No sé que respondieras si preguntan qué gamuza de garzas escogió a tu voz para cubrirla.
Qué paz para los peces si el mar te oyera…
®M. Carmen Sáiz Neupaver
Música de Chopin - nocturne no.20 in c-sharp minor op.posth violin
Bocas ávidas, hambrientas de pezones oscuros: manantiales de vida. Bocas. Miles, millones de pequeñas bocas desdentadas, tiernas, luctuosas ya en el primer albor de una sonrisa. Bocas que no serán besadas jamás por otras bocas, que no pronunciarán un nombre con dulzura, que no repetirán la melodía ancestral de su pueblo. Bocas que no resistirán la primavera porque habrán sucumbido -inocentes- antes de que un derecho, natural y preciso, las rescate en el tiempo. Bocas aferrándose al llanto como único recurso de alimento, como único repudio del olvido; porque no habrá otras bocas que afirmen su existencia trazándoles senderos de esperanza por donde acuda un sueño -sin dolor y sin moscas- hasta la desazón de sus entrañas. Bocas que son aniquiladas ya antes del esbozo: en el envite último del vientre o en el primer aliento de un gemido. Bocas que no llegan a ser ni tan siquiera un número estadístico en un oscuro archivo de oficina. Bocas por las que llora el alma de un escaso destino atormentado, por las que gritan dioses -pequeños, taciturnos- sin poder y sin gloria. Bocas que mueren sin saber que hay un granero inmenso para todas las bocas, pero absurdo e inútil cuando niega la mano un puñado de vida a aquellas que no cuadran el balance que exige la lujuria; más y sobre todo si esta al extender su brazo, asfixia hasta la luz del horizonte. Bocas donde el labio es frontera de un dolor injusto, terrible, innecesario. Bocas que serán alimento del cuervo o el gusano antes de que tal vez la leche-madre las haya humedecido. Bocas, bocas, bocas, millones de bocas invisibles para el dormido ojo del poder sin conciencia. Bocas que no podrán siquiera acusar sin palabras a esas otras bocas que las han condenado, desde sus altas miras financieras, a dormir en las fauces de una muerte indigna.
Sagrario Hernández
(1er premio del XXIV Certámen Poético “Federico García Lorca” del Centro Cultural del mismo nombre en Barcelona. 18 junio 2005.)
y... yo...como vertiente de sangre rosada
sin lecho que la traduzca mar a la fuente
y cual torcaz forajida en silencio
que arrastra entre torrenteras las alas,
voy
Oh paloma, duerme triste
entre naufragios tus vuelos
Tú fuiste...
el ala, la pluma ,
mi espíritu inocente yuntando luces al cielo
Tú... paloma...oh dime ángel
si entre los limites y los gélidos inviernos,
serás capaz de curarte en la llaga la fronda
que de tan profunda al sembrarla,
hoy...en su arraigo inmaduro ...ahonda
Oh paloma, mi bella, mi herida de malva blancura
si sabes de mí... o de ella,
de la Luz germinándose anchura, en esa calentura
de fragua de tan fragante misticidad y envoltura...
-con esos giros orbitales
de líneas sin vector ondulantes
por entre fronterizas y pertrechadas rojas mixturas-
dime...oh tú mi contrariada y amante brújula paloma,
si sabes de ella o de mí...o si acaso oiste hablar
de nosotras...
¿...adónde es que se extraviaron entre mordazas las alas
que de tan torcaces y hermosas fueron también amorosas...?
Oh ...ala paloma ...eras... la más,
la blanca ,
mas...aun sin ser la que eras... ya eres ...ahora...alma...
la más enamorada sin ser amada en pulcritud o en blancura,
la más amplia hechura sin vuelo curvándose hostil en la pluma,
la más oscura entre las noctámbulas opacadas albas
la más hermosa por integridad y soltura
ornando altiva la compostura
y la más talada paloma blanca
en la altura
Y ya vas planeando ambigua en la estrechez de tu angostura...ancha,
mientras armas poemas rotos con la doble agonía errante de la fractura,
revoloteando sin consuelo y solitaria, en aleros y sin aires clausurada,
con una tristeza en el nido y un soliloquio furtivo
alborotando preñez, en el ala
Al fondo de la noche
las tres velas bogando
como lunas ancladas.
Dulce Pontes lanzaba sus cristales,
las cintas de su voz, la melodía
contra las altas palmas que bailaban al viento.
Una humareda roja, azulándose, verde,
cambiando los tejidos y la danza
que, ancestral, era rito,
la memoria de brujas y druidas.
Ella estaba envolviéndose en la sombra,
meciéndose en el mar.
Alguien la amaba, pero sus ojos eran sombra,
sus manos eran vidrios anclados en la sombra,
su melena una cruz de maderas y sombra.
La sombra se elevaba
en su respiración, tenía nombre,
el silenciado nombre que se grita en la sombra.
Dulce Pontes llevaba en sus manos claveles,
un círculo de pétalos abriéndose,
envolviendo sus pies descalzos y ese fuego
de donde descendía, a llamas, la silueta
de aquel enamorado de la noche.
Dos ajorcas lucía en sus tobillos,
ajorcas con campanas,
diminutas campanas que iban sonando, que iban
deletreando la sombra, que sonaban, que iban
alzando su sonido entre el compás
de las agudas sílabas. El viento
erizaba la luz de las palmeras.
Ella tenía un nombre entre los ojos,
tenía un nombre ahí, en su caja de música,
tenía un nombre, aquel
con que la mar pronuncia sus espumas,
tenía el nombre exacto de las olas,
el de la oscura noche del silencio,
el del puñal de piedra
que se clava por siempre en la memoria.
Las volutas, la danza, la noche, cascabeles,
las palmas de la gente levantándose
en las horas tangentes a los sueños.
Danzaba Dulce Pontes, ella, sólo,
trenzaba en su interior
la delgada palabra de la hoguera,
la delgada palabra de lo atávico,
la delgada palabra del violín
que se iba convirtiendo
en el perfil amado de la sombra.
Danzaba la memoria,
mientras el escenario iba llagándose
de fuegos y la falda
moviendo el oleaje de aquel fado.
Los claveles caídos,
la madera cubriéndose de enigmas,
las velas agitándose,
una mujer de largos cabellos levantando
sus ojos a la sombra,
desnuda ya del tiempo, detenida,
quemada ya en el fuego,
palpitando en el agua,
cruzando ya los aires y dejando
la tierra de sus labios
contra aquel laberinto. Sólo el fado,
el fado que era un nido de metales,
el fado que era un río torrencial
en donde la humareda
se convertía en peces, en designios,
en turbulentas olas arrastrándola
de nuevo a la memoria.
Un pájaro cruzó la noche con un faro
de luz en cada ojo.
Pero sus ojos negros eran sombra,
su perfil era sombra que, abismándose,
llegaba hasta otros labios que eran, mudos,
el oscuro lugar
donde todo gritaba, en aquel fado
que traía memoria de druidas y brujas.
Meu amor, meu amor…
La voz de Dulce Pontes se apagaba
hasta instaurar el tacto de la sombra.